Hace falta el viaje.
Ha llegado este momento del año, en que comienzo a analizar más de lo que la cotidianidad me lo permite.
Sobran las ideas. Falta el tiempo.
Sobran las excusas. Falta la perseverancia.
Cuando me ha pasado antes, comienzo a buscar la forma de realizar un viaje. Generalmente lo logro; a veces muy lejos, y gracias a ellos he conocido diversos lugares, culturas, personalidades y olores. Sí, olores. Otros, han sido tan cerca que sólo cumplen la función de favorecer mi disociación momentánea de la realidad, pero lo suficiente para satisfacer mi necesidad de viaje.
Y es que nací con ella.
Mi mamá dice que es la herencia nómade, que la llevo en la sangre.
Para mí... es una forma de conocerme, de ponerme a prueba, de superarme. Hasta de relajarme. Y es que insisto en la disociación de la realidad. Hay algo que tiene el viaje que te hace desconectarte, por lo que duré el viaje, de la realidad que envuelve tu cotidianidad. Y es la suficiente para reorganizar la vida. Tomar decisiones difíciles. Recordar. Asumir responsabilidades. Extrañar...
En estos momentos, pero en otras circunstancias, habría empezado a buscar la forma de concretar un viaje. Me habría inventado un objetivo y un método, porque quizás hay una etapa en mi vida que deba cerrar con un viaje.
Pero...
Creo que el viaje que cierra esta etapa, necesita maletas más grandes y un compañero valiente, paciente, gracioso e inteligente.
Yo ya lo encontré. Y no quiero extrañarlo, sino necesitarlo durante todos los días de mi vida. Todo lo que dure este viaje.