miércoles, 2 de mayo de 2012

Mi nuevo viaje


Hace falta el viaje. 


Ha llegado este momento del año, en que comienzo a analizar más de lo que la cotidianidad me lo permite.
Sobran las ideas. Falta el tiempo.
Sobran las excusas. Falta la perseverancia.

Cuando me ha pasado antes, comienzo a buscar la forma de realizar un viaje. Generalmente lo logro; a veces muy lejos, y gracias a ellos he conocido diversos lugares, culturas, personalidades y olores. Sí, olores. Otros, han sido tan cerca que sólo cumplen la función de favorecer mi disociación momentánea de la realidad, pero lo suficiente para satisfacer mi necesidad de viaje.

Y es que nací con ella.
Mi mamá dice que es la herencia nómade, que la llevo en la sangre.
Para mí... es una forma de conocerme, de ponerme a prueba, de superarme. Hasta de relajarme. Y es que insisto en la disociación de la realidad. Hay algo que tiene el viaje que te hace desconectarte, por lo que duré el viaje, de la realidad que envuelve tu cotidianidad.  Y es la suficiente para reorganizar la vida. Tomar decisiones difíciles. Recordar. Asumir responsabilidades. Extrañar...

En estos momentos, pero en otras circunstancias, habría empezado a buscar la forma de concretar un viaje. Me habría inventado un objetivo y un método, porque quizás hay una etapa en mi vida que deba cerrar con un viaje.

Pero...

Creo que el viaje que cierra esta etapa, necesita maletas más grandes y un compañero valiente, paciente, gracioso e inteligente.
Yo ya lo encontré. Y no quiero extrañarlo, sino necesitarlo durante todos los días de mi vida. Todo lo que dure este viaje.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Confía


Ella está angustiada. No puede dormir. Hay culpas que llenan su mente y su corazón, que está nuevamente ilusionado. Son culpas que ha ido olvidando, pero que al recordar arremeten y ocupan un pedacito del lugar asignado a la confianza. Que ganas de limpiar la mente, el alma. Pero Ella sabe que si no fuera por el recuerdo, por aquella sensación, por aquella conmoción interna que vivió, su vida actual no sería muy distinta a la de algunos años atrás: una vida sin mayor sentido y repleta de engaños a sus propios sentimientos.

A Ella la angustia su ausencia. Que no es una total ausencia, pero que ciertos días en la semana, especialmente los jueves y ocasionalmente los miércoles se vuelve extensa y abarcante. Vienen a su mente los recuerdos que hacen presente en estos momentos la culpa. Ella cree que se van a repetir, que se van a proyectar, que se van nuevamente a ocultar.

Su miedo, dice la parte de Ella que es sabia, es natural. Su angustia, es parte del proceso normal, agrega la parte de Ella que es racional. La parte de Ella que es catastrofista, dice que todo va a volver a pasar, que ahora es hora de pagar y que nada de lo que parece auténtico tiene cara de ser verdad. Pero en el fondo, esa pequeña parte de ella que es emocional, que es original, que es real… está esperanzada. Está confiando. Está creyendo. Se está enamorando…

Él, por su parte, no piensa en esa realidad. De hecho, ni siquiera sabe que existe. A veces, cuando no hay distancia y se sintonizan como la pareja enamorada que son, Él percibe que en el corazón de Ella hay dudas que sanar. No se lo dice, pero lo sabe. Y con cada acto de amor, de confianza, de ternura, de intimidad, de respeto y de admiración, le demuestra que realmente, sus dudas son miedos antiguos, que si bien no es imposible que se repitan, no hay intención alguna de hacerlos reales, pero que con gusto… la ayudará a sanar.



Confía, Amanda.

Duerme tranquila esta noche.

Él te ama.

lunes, 8 de agosto de 2011

El Loco

Hace unos mese atrás sigo la historia de un Loco. Y lo escribo con mayúsculas no porque está muy loco, sino porque el mismo se autodenomina así… Vive cerca de mi casa, a unas cinco cuadras. Casi todos los días camino por fuera de su vereda, así que puedo decir que he ido observando la evolución de su cordura.

La historia es simple. El Loco, parece que se llama Víctor. Me lo dijo un vecino. Le calculo unos 50 años. El Loco, hasta hace un año y medio atrás más o menos, era abogado. O dentista. O militar. Me dieron varias versiones. El loco, “vive” en una casa antigua, muy espaciosa y luminosa, en el centro de Talca, cerca de la Alameda. La primera vez que lo ví, venía de vuelta de la Universidad, como a las 8 de la tarde. Estaba regando sin polera en el jardín de la casa. Me llamó la atención que estuviera sin polera porque era abril. Y los talquinos sabemos el frío que hace a esa hora…

A los pocos días, pase por ahí caminando. Esa tarde, la acostumbrada caminata crepuscular había dado más frutos de los esperados: El loco estaba sacando los muebles de su casa a la calle. Los dejaba en la vereda, justo afuera de la reja y se entraba a buscar más. Saco hasta las cortinas.

Durante la semana siguiente, no volví a pasar por esa casa… Cuando volví, ya solo quedaban restos de lo que parecían ser mesas, sillas, armarios, ropa y algunos electrodomésticos. Por supuesto, todos muy destruidos. Ese mismo día, el vecino de enfrente se asomó a mirar y yo, venciendo mi timidez para con los extraños, le pregunté si lo conocía.

“Se volvió loco”. “Ya nadie lo viene a ver”. “Parece que le entraron a robar”… Me dio varias versiones, pero a parte de afirmar mi creencia sobre su poca ¿normalidad?, no me dijo nada más. Me fui preocupada. Si realmente estaba loco, después de mi visita pudiesen haber pasado muchas cosas. Pero quizás no estaba tan loco. Al menos, eso pienso yo.

Alrededor de 15 días después, caminé apropósito en dirección a su casa. Un amigo me había comentado por twitter que el loco estaba haciendo de las suyas: “parece que tu loco esta quemando la casa”.

No alcancé a llegar. Ya estaban los bomberos y una ambulancia afuera de la casa, y no me pude acercar. Se llevaron al loco. Efectivamente, había prendido fuego a su propia casa, no sin antes haberla desmantelado por completo y haber regalado las cosas de valor. Eso me dijo él mismo unas semanas después.

Y así fue. La última vez que hablé con él, me contó la historia. Simplemente, estaba haciendo su propio ritual de sanación emocional. Víctor, no estaba loco. No era abogado ni dentista, sino ingeniero. Con el terremoto y tsunami de 2010, perdió a su esposa. Su única hija vive fuera de Chile y desde marzo de 2010 que no la ve. Desde el funeral de su esposa, me imagino. Ahora que vive solo, y quiso deshacerse de todo lo que le recordaba físicamente a lo que alguna vez fue su familia y, para lograrlo… bueno, decidió botar, regalar y quemar sus pertenencias. “No es que las quiera olvidar. Es solo que me duele sentirlas en los objetos, prefiero sentirlas en mi corazón”.

Y eso que Victor, es ingeniero.

viernes, 18 de marzo de 2011

Risas


Ella: Estoy cansada.

Él: Yo también.

Ella: ¿Qué podemos hacer?

Él: No sé.

(silencio)

Ella: (al parecer dirá algo, pero solo suspira).

Él: ¿Qué estás pensando?

Ella: No, en nada.

Él: No te creo. Tienes esa cara de pensativa, ya te conozco.

Ella: (sonríe, dulcemente) Sí… estaba pensando en… en nosotros.

Él: ¿Y qué precisamente pensabas sobre nosotros?

Ella: Precisamente, nada. Nada es preciso o conciso en esta parte de mi vida…

Él: (sin comprender todavía). Ah.. “ésta parte de tu viuda”… ¿entonces?

(silencio)

Él: ¿debería preocuparme?

Ella: No, no amor. Solo nos recordaba a nosotros un par de meses atrás. No es nada malo.

Él: ¿eras más feliz hace unos meses atrás que ahora?

Ella: No, no es eso. Es solo que a veces siento que hemos perdido un poco de… no sé como llamarlo… pero es como si ahora fuéramos menos expresivos con… con nosotros, entre nosotros.

(silencio. Él nunca contesta estos pensamientos en voz alta de ella, quizás ni él mismo sabe por qué. Pero se aman. Se aman de verdad y cualquiera que los mire caminar justos de la mano o reírse juntos mientras se miran a los ojos, lo puede comprobar. Lo mejor, es que se respetan el uno al otro con defectos incluidos. Una es exagerada y sensible, el otro callado cuando se espera respuesta y a veces cansado. Y si esto lo dice el narrador omnisciente, es porque es verdad).