miércoles, 26 de octubre de 2011

Confía


Ella está angustiada. No puede dormir. Hay culpas que llenan su mente y su corazón, que está nuevamente ilusionado. Son culpas que ha ido olvidando, pero que al recordar arremeten y ocupan un pedacito del lugar asignado a la confianza. Que ganas de limpiar la mente, el alma. Pero Ella sabe que si no fuera por el recuerdo, por aquella sensación, por aquella conmoción interna que vivió, su vida actual no sería muy distinta a la de algunos años atrás: una vida sin mayor sentido y repleta de engaños a sus propios sentimientos.

A Ella la angustia su ausencia. Que no es una total ausencia, pero que ciertos días en la semana, especialmente los jueves y ocasionalmente los miércoles se vuelve extensa y abarcante. Vienen a su mente los recuerdos que hacen presente en estos momentos la culpa. Ella cree que se van a repetir, que se van a proyectar, que se van nuevamente a ocultar.

Su miedo, dice la parte de Ella que es sabia, es natural. Su angustia, es parte del proceso normal, agrega la parte de Ella que es racional. La parte de Ella que es catastrofista, dice que todo va a volver a pasar, que ahora es hora de pagar y que nada de lo que parece auténtico tiene cara de ser verdad. Pero en el fondo, esa pequeña parte de ella que es emocional, que es original, que es real… está esperanzada. Está confiando. Está creyendo. Se está enamorando…

Él, por su parte, no piensa en esa realidad. De hecho, ni siquiera sabe que existe. A veces, cuando no hay distancia y se sintonizan como la pareja enamorada que son, Él percibe que en el corazón de Ella hay dudas que sanar. No se lo dice, pero lo sabe. Y con cada acto de amor, de confianza, de ternura, de intimidad, de respeto y de admiración, le demuestra que realmente, sus dudas son miedos antiguos, que si bien no es imposible que se repitan, no hay intención alguna de hacerlos reales, pero que con gusto… la ayudará a sanar.



Confía, Amanda.

Duerme tranquila esta noche.

Él te ama.

lunes, 8 de agosto de 2011

El Loco

Hace unos mese atrás sigo la historia de un Loco. Y lo escribo con mayúsculas no porque está muy loco, sino porque el mismo se autodenomina así… Vive cerca de mi casa, a unas cinco cuadras. Casi todos los días camino por fuera de su vereda, así que puedo decir que he ido observando la evolución de su cordura.

La historia es simple. El Loco, parece que se llama Víctor. Me lo dijo un vecino. Le calculo unos 50 años. El Loco, hasta hace un año y medio atrás más o menos, era abogado. O dentista. O militar. Me dieron varias versiones. El loco, “vive” en una casa antigua, muy espaciosa y luminosa, en el centro de Talca, cerca de la Alameda. La primera vez que lo ví, venía de vuelta de la Universidad, como a las 8 de la tarde. Estaba regando sin polera en el jardín de la casa. Me llamó la atención que estuviera sin polera porque era abril. Y los talquinos sabemos el frío que hace a esa hora…

A los pocos días, pase por ahí caminando. Esa tarde, la acostumbrada caminata crepuscular había dado más frutos de los esperados: El loco estaba sacando los muebles de su casa a la calle. Los dejaba en la vereda, justo afuera de la reja y se entraba a buscar más. Saco hasta las cortinas.

Durante la semana siguiente, no volví a pasar por esa casa… Cuando volví, ya solo quedaban restos de lo que parecían ser mesas, sillas, armarios, ropa y algunos electrodomésticos. Por supuesto, todos muy destruidos. Ese mismo día, el vecino de enfrente se asomó a mirar y yo, venciendo mi timidez para con los extraños, le pregunté si lo conocía.

“Se volvió loco”. “Ya nadie lo viene a ver”. “Parece que le entraron a robar”… Me dio varias versiones, pero a parte de afirmar mi creencia sobre su poca ¿normalidad?, no me dijo nada más. Me fui preocupada. Si realmente estaba loco, después de mi visita pudiesen haber pasado muchas cosas. Pero quizás no estaba tan loco. Al menos, eso pienso yo.

Alrededor de 15 días después, caminé apropósito en dirección a su casa. Un amigo me había comentado por twitter que el loco estaba haciendo de las suyas: “parece que tu loco esta quemando la casa”.

No alcancé a llegar. Ya estaban los bomberos y una ambulancia afuera de la casa, y no me pude acercar. Se llevaron al loco. Efectivamente, había prendido fuego a su propia casa, no sin antes haberla desmantelado por completo y haber regalado las cosas de valor. Eso me dijo él mismo unas semanas después.

Y así fue. La última vez que hablé con él, me contó la historia. Simplemente, estaba haciendo su propio ritual de sanación emocional. Víctor, no estaba loco. No era abogado ni dentista, sino ingeniero. Con el terremoto y tsunami de 2010, perdió a su esposa. Su única hija vive fuera de Chile y desde marzo de 2010 que no la ve. Desde el funeral de su esposa, me imagino. Ahora que vive solo, y quiso deshacerse de todo lo que le recordaba físicamente a lo que alguna vez fue su familia y, para lograrlo… bueno, decidió botar, regalar y quemar sus pertenencias. “No es que las quiera olvidar. Es solo que me duele sentirlas en los objetos, prefiero sentirlas en mi corazón”.

Y eso que Victor, es ingeniero.

viernes, 18 de marzo de 2011

Risas


Ella: Estoy cansada.

Él: Yo también.

Ella: ¿Qué podemos hacer?

Él: No sé.

(silencio)

Ella: (al parecer dirá algo, pero solo suspira).

Él: ¿Qué estás pensando?

Ella: No, en nada.

Él: No te creo. Tienes esa cara de pensativa, ya te conozco.

Ella: (sonríe, dulcemente) Sí… estaba pensando en… en nosotros.

Él: ¿Y qué precisamente pensabas sobre nosotros?

Ella: Precisamente, nada. Nada es preciso o conciso en esta parte de mi vida…

Él: (sin comprender todavía). Ah.. “ésta parte de tu viuda”… ¿entonces?

(silencio)

Él: ¿debería preocuparme?

Ella: No, no amor. Solo nos recordaba a nosotros un par de meses atrás. No es nada malo.

Él: ¿eras más feliz hace unos meses atrás que ahora?

Ella: No, no es eso. Es solo que a veces siento que hemos perdido un poco de… no sé como llamarlo… pero es como si ahora fuéramos menos expresivos con… con nosotros, entre nosotros.

(silencio. Él nunca contesta estos pensamientos en voz alta de ella, quizás ni él mismo sabe por qué. Pero se aman. Se aman de verdad y cualquiera que los mire caminar justos de la mano o reírse juntos mientras se miran a los ojos, lo puede comprobar. Lo mejor, es que se respetan el uno al otro con defectos incluidos. Una es exagerada y sensible, el otro callado cuando se espera respuesta y a veces cansado. Y si esto lo dice el narrador omnisciente, es porque es verdad).

If time it's all I have



Llega un momento de la vida en que ya no es necesario estar de cumpleaños para ponerse a pensar en la propia vida o replantearse situaciones, acciones o planes futuros.

Cuando llega ese momento, se hace imperativo, absoluto y avasallador, y no importa la cantidad de veces que uno intente obviarlo, siempre hay algo que gatilla el pensamiento y posteriores divagaciones al respecto. Un frase, una noticia, una palabra de alguien importante, una película…. En mi caso… una canción.

Siempre he sido sensible a la música. Quizás mi contacto a corta edad con el piano y la flauta me hicieron más perceptiva a ciertos sonidos, o quizás son las letras mezcladas con tonos y acordes específicos los que activan las neuronas precisas de mi lóbulo parietal. Quizás. (Siguen habiendo muchos quizás en mi vida, pero debo decir que ya no tengo apuro en resolverlos).

Lo que por ahora tengo claro, es que mis cimientos se están moviendo. Podríamos decir, con un dejo de mi humor negro, que en mi vida está temblando. Quizás haya réplicas fuertes y algunos cimientos y pilares no tan bien construidos flaqueen, pero tengo claro que otros, muy sólidos y con buena mezcla a la base, resistirán. Each day I'll turn it back.

jueves, 27 de enero de 2011

Mi Vecino


Mi vecino Ronca. Lo supe la segunda noche que llegué acá. (La primera dormí como tronco, no sentí nada).

A mi vecino no lo conozco. De hecho, estoy asumiendo que es hombre.

Mi vecino ni siquiera vive en mi mismo edificio, pero al parecer nuestras almohadas solo están separadas por el internit de su edificio y el mío.

Y en esa débil separación radica el origen de esta historia (-gracias constructora-).

¡Y es que mi vecino ronca! ¡Y de qué manera!

Continúo.

La segunda noche acá me quedé escuchándolo mientras Morfeo volvía a mi. Llegó un punto de mi desvelo en que pensé había muerto, porque no lo escuché en varios segundos. Pero no. Al parecer, mi vecino que asumo es hombre y ronca, además tiene amnea del sueño.

Al tercer día, por la tarde, me enteré que tipo de música le gusta. No sé porque tengo la idea de que es un escritor frustrado, que se sienta delante de una máquina de escribir antigua con una boina negra y un café a buscar inspiración para una novela que nadie leerá. No lo sé. Pero ese día por la tarde, cada 40 minutos aproximadamente, encendía hi-hop. Sí, hip-hop. Y en francés (debe ser culto el hombre). Y hip-hop a un volumen no precisamente moderado que, de sentirme más empoderada de mis derechos de vecina, habría denunciado.

Pero eso no es todo.

No señoras y señores. ¡Mi vecino tiene algo más que contar!

Mi vecino que no conozco (y que después de esto realmente espero no conocer jamás) anoche tuvo visitas. Y no cualquier visita. Eran eso de las 01:30 hora local (-maldición, aún no asumo el cambio de horario-) y ya había roncado un rato. Yo dormía al igual que él, hasta que escuché un portazo seguido por un “aquí estoy bebé” (recuerden que estoy en España, así que agreguen el acento). Esa frase fue seguida de gemidos varios, grititos que intentaban sonar ahogados y música (hip-hop por supuesto, de fondo). No mentira, eso de la música de fondo lo agregué yo.

Por mi parte, me sentí incómoda ya que no me habían invitado a esa fiesta, y el papel de paracaidista aún no lo ensayo, así que puse mis audífonos y abracé mi almohada para sentirme más en casa.

Y así es… anoche mi vecino que ronca, sufre amnea del sueño y le gusta el hip hop… tuvo visitas.