
Hace unos mese atrás sigo la historia de un Loco. Y lo escribo con mayúsculas no porque está muy loco, sino porque el mismo se autodenomina así… Vive cerca de mi casa, a unas cinco cuadras. Casi todos los días camino por fuera de su vereda, así que puedo decir que he ido observando la evolución de su cordura.
La historia es simple. El Loco, parece que se llama Víctor. Me lo dijo un vecino. Le calculo unos 50 años. El Loco, hasta hace un año y medio atrás más o menos, era abogado. O dentista. O militar. Me dieron varias versiones. El loco, “vive” en una casa antigua, muy espaciosa y luminosa, en el centro de Talca, cerca de la Alameda. La primera vez que lo ví, venía de vuelta de la Universidad, como a las 8 de la tarde. Estaba regando sin polera en el jardín de la casa. Me llamó la atención que estuviera sin polera porque era abril. Y los talquinos sabemos el frío que hace a esa hora…
A los pocos días, pase por ahí caminando. Esa tarde, la acostumbrada caminata crepuscular había dado más frutos de los esperados: El loco estaba sacando los muebles de su casa a la calle. Los dejaba en la vereda, justo afuera de la reja y se entraba a buscar más. Saco hasta las cortinas.
Durante la semana siguiente, no volví a pasar por esa casa… Cuando volví, ya solo quedaban restos de lo que parecían ser mesas, sillas, armarios, ropa y algunos electrodomésticos. Por supuesto, todos muy destruidos. Ese mismo día, el vecino de enfrente se asomó a mirar y yo, venciendo mi timidez para con los extraños, le pregunté si lo conocía.
“Se volvió loco”. “Ya nadie lo viene a ver”. “Parece que le entraron a robar”… Me dio varias versiones, pero a parte de afirmar mi creencia sobre su poca ¿normalidad?, no me dijo nada más. Me fui preocupada. Si realmente estaba loco, después de mi visita pudiesen haber pasado muchas cosas. Pero quizás no estaba tan loco. Al menos, eso pienso yo.
Alrededor de 15 días después, caminé apropósito en dirección a su casa. Un amigo me había comentado por twitter que el loco estaba haciendo de las suyas: “parece que tu loco esta quemando la casa”.
No alcancé a llegar. Ya estaban los bomberos y una ambulancia afuera de la casa, y no me pude acercar. Se llevaron al loco. Efectivamente, había prendido fuego a su propia casa, no sin antes haberla desmantelado por completo y haber regalado las cosas de valor. Eso me dijo él mismo unas semanas después.
Y así fue. La última vez que hablé con él, me contó la historia. Simplemente, estaba haciendo su propio ritual de sanación emocional. Víctor, no estaba loco. No era abogado ni dentista, sino ingeniero. Con el terremoto y tsunami de 2010, perdió a su esposa. Su única hija vive fuera de Chile y desde marzo de 2010 que no la ve. Desde el funeral de su esposa, me imagino. Ahora que vive solo, y quiso deshacerse de todo lo que le recordaba físicamente a lo que alguna vez fue su familia y, para lograrlo… bueno, decidió botar, regalar y quemar sus pertenencias. “No es que las quiera olvidar. Es solo que me duele sentirlas en los objetos, prefiero sentirlas en mi corazón”.
Y eso que Victor, es ingeniero.